Si alguna vez llegáis a ver un rebaño de terneros salvajes,

desenfrenados por el capricho,

o una horda loca de potrancos bravíos en endiablados saltos

relinchando impelidos por natural color de la sangre,

haced que llegue a sus orejas un toque de trompa

o de otro instrumento y los veréis pararse,musicaurbana.jpg

cambiando el fuego de sus ojos salvajes en mirada

mansa y absorta, por el arcano poder de la música.

Por eso el poeta contó que Orfeo arrastraba árboles

y piedras y flujos; y nada hay tan refractario y duro

cuya natura no cambie la música.

Si hay alguien que en sí no tenga sombra de música,

ni le conmueva un acorde de sonidos suaves,

ese está dispuesto a la traición, al fraude, al robo:

son tenebrosos los reflejos de su alma cual la noche

y negros como el Erebo: a tal hombre no se le da fe.

Escuchad la música.

W. Shakespeare: " El mercader de Venecia"

Acto V, escena 1ª